¿Es la pérdida de biodiversidad realmente un problema?

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La pérdida de biodiversidad es uno de esos temas que ha tomado fuerza en los últimos años, impulsado por titulares aterradores y expresiones como la «sexta extinción masiva de la historia» que se repiten como mantras. Pero ¿estamos realmente ante un problema de pérdida de biodiversidad?

Para entrar en el tema, primero debemos preguntarnos qué es biodiversidad.

Este tema lo cubriré con más profundidad en otro post, por lo que hoy no nos vamos a extender más de lo que necesitamos: biodiversidad es la variedad existente de seres vivos, y esta no sólo significa que se diferencien uno del otro sino que haya una buena cantidad de cada uno.

Así las cosas, la pérdida de biodiversidad sería la disminución de esa variedad.

Esta pérdida se da por factores que las especies no pueden controlar por sí mismas y pueden ser inducidos naturalmente o por los seres humanos.

Y aunque es evidente que los humanos hemos tenido un impacto considerable sobre la naturaleza, es importante también considerar somos un agente muy joven en la historia de la tierra para conocer nuestro efecto real sobre ella, pues es común encontrarse a quienes afirman con total seguridad que estamos causando ya una 6ta extinción masiva (las grandes ligas de la pérdida de biodiversidad) cuando ni siquiera los científicos saben con certeza si esto es así o no.

Pero ¿estamos en medio de una sexta extinción masiva?

Hay evidencia sólida de dos fenómenos que se presentan casi religiosamente durante las extinciones en masa: el cambio de temperatura (en su mayoría calentamiento) y la anoxia oceánica, que es cuando grandes áreas de los océanos pierden su oxígeno. En el primero no estamos haciendo una buena tarea, como bien sabemos.

Estos dos fenómenos a la vez están vinculados a las erupciones volcánicas en su mayoría y en menor medida a algunos factores extraterrestres, como el asteroide que provocó la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno, hace 66 millones de años. Incluso hay algunas hipótesis que vinculan también a los rayos gamma e incluso a la distribución de los continentes como posibles factores en una extinción.

Pero decir que ya estamos atravesando una sexta extinción en masa nace del desconocimiento de cómo se desenvuelven las extinciones masivas.

Parafraseando al paleontólogo Doug Erwin, una de las mentes que en el mundo más tiempo ha dedicado a estudiar la gran extinción del Pérmico-Triásico, las extinciones masivas se comportan como «apagones de energía» y su detonante es irrelevante comparado con la serie de fallas subsiguientes, fallas que nadie entiende.

Una vez presentes estas fallas, el «apagón» es inevitable. Por eso afirma que “si es cierto que estamos en medio de una sexta extinción masiva, no tiene sentido preocuparse por la conservación biológica”.

Un evento de extinción masiva no tiene vuelta atrás. Los organismos afectados afectarán a otros y estos a sus ecosistemas de forma encadenada y progresiva, logrando que, en el caso de que ya hubiese empezado, no haya forma de detenerlo.

Pero aunque descartemos del todo que no estemos en causando una extinción, no significa por defecto que la reducción de biodiversidad no sea un problema.

Así, para saber la magnitud de la pérdida de biodiversidad actual necesitamos conocer tres cosas:

  1. La tasa de extinción de fondo, o sea, la tasa en que se pierden especies de forma natural.
  2. La tasa de extinción actual.
  3. La tasa de generación de nuevas especies.

1. La tasa de extinción de fondo

Empecemos por la tasa de extinción de fondo o natural. El Convenio sobre la Diversidad Biológica establecido en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 estimó que se pierden hasta 150 especies al día. Este dato hay que tomarlo con pinzas.

Por su parte, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), ha clasificado como extintas a 801 especies de animales y plantas desde el año 1500. Este dato tiene detractores, quienes indican que la metodología usada para llegar a este número, aunque puede ser útil, es inadecuada pues termina clasificando más especies como extintas de las que en realidad habría.

De igual manera, en el más reciente informe de la organización WWF Planeta Vivo 2020, llegaron a la conclusión de que, de 20.811 poblaciones monitoreadas, se ha perdido un promedio del 68%. El informe no indica la cantidad de especies extintas (si es que las hubo) pero estudió un total de 4.392 especies.

Sin embargo, estos datos por sí solos no nos dicen mucho. La tasa de extinción de fondo aceptada por la comunidad científica nace de un estudio publicado en 1995 llamado El futuro de la biodiversidad que mostró cómo esta, mediante registros fósiles, sería de 1 E/MSY (esto significa una extinción por millón de especies por año).

Como complemento, un estudio de 2014 indicaría que esta tasa es mucho mayor, y es de donde varios medios y personajes de la vida pública en la actualidad suelen sacar su cifras.

2. La tasa de extinción actual

Calcular las tasas de extinción actuales se ha hecho utilizando la tasa de extinción del grupo cuya clasificación taxonómica está mejor documentada: las aves.

En todo el siglo XIX, por ejemplo, se reportaron 7.079 especies de aves, cerca de un 70% del total actual registrado y de las cuales 39 se extinguieron en los siguientes 100 años. Esto da como resultado, según los cálculos de los propios científicos, una tasa de extinción de 55 E/MSY (55 especies por millón de especies por año).

El mismo enfoque que se usa en aves se puede usar con otras especies de animales y plantas, por eso se suele afirmar que calcular la tasa de extinción actual es un proceso sencillo, a diferencia del cálculo de la tasa de extinción de fondo, que como vimos en el punto anterior, esta sujeta a mayores interpretaciones.

Así, teniendo en cuenta los datos de las aves y la extrapolación de la metodología a otras especies, las tasas de extinción actuales se encontrarían entre 20 y 200 extinciones por millón de especies por año. De esta forma, los científicos han estimado que en la actualidad tenemos tasas de extinción entre 100 y 1.000 veces superiores a las naturales.

3. Tasa de generación de nuevas especies

El estudio de 2014 que he mostrado antes también hace un buen trabajo documentando la tasa de «nacimiento» de nuevas especies.

Allí nos indican que la tasa natural de generación de nuevas especies previa a la aparición de los humanos siempre fue superior a la tasa de extinción a razón de dos veces, mas o menos. Es decir, hay un estimado del doble de nacimientos de especies que de extinciones. Y tiene sentido que esto sea así pues de lo contrario no tendríamos hoy la diversidad biológica que tenemos, que aunque suene paradójico, sigue siendo mayor que en cualquier época pasada.

Sin embargo, como la tasa de extinción ha crecido de manera desmesurada en los últimos 500 años y no de la misma manera la tasa de nacimiento de nuevas especies, podríamos decir con certeza que realmente estamos perdiendo biodiversidad, ¿o no?

Hay un factor adicional

Hay algo que no solemos considerar pero que es necesario para tener una perspectiva completa y es que, a la fecha, no sabemos cuántas especies de animales, plantas, hongos y microorganismos hay en el mundo con exactitud.

Investigadores en 2011 sacaron un estimado de 8,7 millones de especies basándose en un cálculo muy curioso y que es el origen de esta famosa cifra que se ve con regularidad y que es tomada como referencia incluso por organizaciones como la ONU.

De esas 8.7 millones, la gran mayoría son de animales, con números pequeños de hongos, plantas, y muy pocas de ellas son especies de microorganismos (lo cual complica mucho más la cosa).

Ese es un estimado, pero según los datos del mismo estudio sólo se han identificado 1,3 millones de especies (algunas fuentes, por su parte, hablan de 1,9 millones), pero esto es en sí un problema porque lo que nos indica es que aún falta por descubrir un montón de especies. De acuerdo a este artículo de la BBC, faltaría por descubrir aún un 86% de las especies que habitan la tierra.

Además, el asunto de dejar por fuera a los microorganismos complica mucho más las cosas. Con respecto a estos, un estudio de 2016 de la Universidad de Hawaii estimó que la tierra podría albergar alrededor de 1 billón de especies de microorganismos. Eso es un 1 seguido por 12 ceros. y de ese billón se estima haber encontrado sólo cerca de 10 millones de especies mediante un esfuerzo conjunto de clasificación de bacterias y arqueas llamado Earth Microbiome Project.

De esa forma, si contrastamos 10 millones de especies de microorganismos descubiertos con ese posible billón de especies, estamos hablando de que no conocemos el 99.99% de las especies de microorganismos que habitan la tierra, por ende, de la vida en su conjunto.

¿Es posible conocerlas todas? Probablemente no.

¿Es necesario conocerlas todas? Ahí está el lío.

Los datos de la primera parte nos dicen algo que es sin duda terrible y que no podemos ignorar, y aunque estos nos indicarían casi con seguridad un problema de pérdida actual de biodiversidad, los datos de la segunda parte deberían servirnos para pensar con un poco más de cautela.

Las preocupaciones sobre la pérdida de biodiversidad actuales y, por consecuencia, las soluciones que proponen algunos grupos de interés tienden a requerir una especie de “inmovilidad humana” en sus discursos menos radicales. Es decir, que en aras de que la biodiversidad permanezca “estable” los seres humanos debemos renunciar a crear, explorar, construir, e incluso a reproducirnos, como si fuésemos seres ajenos a este mundo, o peor aún, como si fuésemos una plaga.

Pero no es cayendo en la trampa de la retórica misantrópica tan común en los ecologistas como encontraremos soluciones. No es la fobia al desarrollo sino el ingenio humano lo que nos ha ayudado a solucionar otros problemas medioambientales en el pasado, y puede ayudarnos a solucionar este ahora.

Y que no se nos olvide que no debemos apurarnos a descartar aquello que no conocemos tan fácilmente como se suele hacer en estos tiempos. No conocer algo en su totalidad evita que dimensionemos un problema de la manera correcta y puede que, considerados todos los factores, sea menos grave de lo que pensamos.

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